Glaciares

Val Senales: las lonas biodegradables que salvan el glaciar se convertirán en prendas de vestir

Vista panorámica del glaciar de Val Senales con pistas nevadas y montañas
El glaciar de Val Senales, foto de archivo.

Quienes suben a esquiar en otoño a los glaciares alpinos están ya acostumbrados a ver el trabajo silencioso que precede a la apertura de las pistas: grandes extensiones de lonas blancas que se retiran al final del verano para descubrir la nieve resguardada bajo el sol de julio y agosto. En el Alpin Arena Senales, en el Alto Adige, esta práctica ya consolidada en la gestión de las estaciones de alta montaña ha dado este verano un paso inédito. En el marco del proyecto MINI Takes Care, puesto en marcha junto con la sociedad de remontes de Val Senales, se han probado nuevas lonas geotextiles fabricadas con fibras biodegradables de origen natural, diseñadas no solo para proteger el manto nivoso durante los meses más cálidos reduciendo la dispersión de microplásticos de origen fósil, sino también para ser recuperadas al final de su vida útil y transformadas en hilos, tejidos y prendas de vestir.

Para comprender el sentido de este ensayo hay que partir de las cifras y del trabajo diario que se desarrolla por encima de los tres mil metros. Cada primavera la estación de Val Senales produce más de 300.000 metros cúbicos de nieve producida: una parte se extiende directamente sobre el glaciar para reforzar el manto, mientras que el resto se acumula en grandes depósitos destinados a superar el verano. En los meses cálidos las cubiertas protegen tanto estos acopios como unas nueve hectáreas de superficie glaciar. Es precisamente en una porción de las zonas habitualmente cubiertas donde este año se han colocado las nuevas lonas de celulosa, puestas a prueba frente al viento, los cambios bruscos de temperatura y la radiación solar de alta montaña. Cuando en otoño se levantan las lonas, la nieve conservada en los depósitos vuelve a estar a disposición de las máquinas pisapistas para acondicionar los trazados y garantizar las primeras aperturas incluso si las borrascas otoñales se hacen esperar.

Del snowfarming a la defensa de los pasos clave en altitud

El mecanismo en el que se basan los depósitos estivales es el snowfarming, una técnica que en los últimos quince años se ha extendido por numerosas estaciones alpinas, incluso a cotas mucho más bajas que los glaciares y hasta para preparar los circuitos de esquí de fondo. El principio consiste en almacenar la nieve cuando las temperaturas son favorables y aislarla del aire cálido y del sol hasta que llega el momento de redistribuirla por las pistas. El rendimiento final depende de la orientación del montón, de la evolución meteorológica del verano y, sobre todo, del material aislante elegido. Además de las lonas geotextiles, varias estaciones emplean capas de serrín o astillas de madera: un estudio realizado tras el verano de 2015 en los depósitos de Davos, en Suiza, y de Val Martello, en el Alto Adige, documentó cómo al final de la estación cálida se había conservado intacto respectivamente el 74% y el 63% del volumen inicial de nieve, gracias a cubiertas realizadas con serrín en Davos y con una mezcla de serrín y astillas de madera en Val Martello.

Sin embargo, extender las lonas directamente sobre una pista de glaciar responde a un objetivo aún más delicado que la simple conservación de un montón. Aquí no se trata únicamente de guardar nieve para moverla en otoño con excavadoras y máquinas pisapistas, sino de preservar in situ el manto nivoso y el hielo vivo subyacente en los puntos neurálgicos del dominio esquiable. La superficie clara de las lonas refleja una parte importante de la radiación solar, mientras que el grosor del tejido frena el intercambio térmico, ralentizando la fusión estiva exactamente a lo largo de las líneas de subida o de bajada.

Los datos recopilados en casi veinte años de mediciones confirman hasta qué punto este escudo resulta eficaz sobre las superficies efectivamente cubiertas. En Italia, las campañas de medición llevadas a cabo entre 2008 y 2012 en el Dosdè Est (en el macizo del Piazzi) y en el Presena Ovest registraron una reducción de la fusión del 69% y del 49% respectivamente en comparación directa con las áreas adyacentes dejadas al descubierto. Experiencias similares marcan desde hace tiempo la gestión de los glaciares suizos: en el Gemsstock, sobre Andermatt, las lonas se emplean desde 2004 para salvaguardar la rampa de hielo indispensable para que los esquiadores entren en pista desde la salida del teleférico, mientras que en el Diavolezza la cobertura estival ha permitido que una pequeña lengua glaciar ya reducida al mínimo vuelva incluso a ganar espesor, un resultado documentado ya en 2021. Naturalmente se trata siempre de un beneficio local y específico: pensar en envolver todo un aparato glaciar supondría costes y complejidades logísticas inasumibles, pero para una estación de esquí salvar el espesor de un enlace, de un desembarque de remonte o de una pala central significa dar continuidad a las pistas y abrir la temporada en las fechas previstas.

El problema de los microplásticos y el giro hacia la celulosa

Precisamente el éxito operativo de las lonas ha hecho surgir en los últimos años un interrogante medioambiental ligado a su composición. La mayoría de los geotextiles tradicionales se fabrica con polímeros sintéticos como el polipropileno o el poliéster. Sometidas durante meses a los rayos ultravioleta de alta montaña, a las heladas nocturnas y a los esfuerzos mecánicos de la maquinaria que las coloca y las retira, estas lonas tienden inevitablemente a desgastarse, dejando en la nieve diminutos fragmentos y fibras sintéticas.

El alcance del fenómeno se ha medido con precisión en el glaciar de la Grande Motte en Tignes, en Francia, donde entre 2020 y 2023 los investigadores compararon distintos tipos de cobertura. Los resultados, presentados en 2024 en el congreso de la Unión Europea de Geociencias (EGU), pusieron de relieve cómo las partículas liberadas por las lonas permeables de polipropileno logran infiltrarse en el manto nivoso hasta más de un metro de profundidad, mientras que en el caso de las lonas impermeables de PVC la transferencia de microplásticos permanece concentrada sobre todo en la capa de nieve en contacto directo con la cubierta. Con el deshielo estival, el agua de fusión corre luego el riesgo de arrastrar estas fibras sintéticas hacia los torrentes y los ecosistemas del fondo del valle.

Sobre esta cuestión ha trabajado en Austria el proyecto de investigación PLASTIC.ALPS, coordinado por la Universidad de Innsbruck, que identificó en los geotextiles de polipropileno una fuente de contaminación local pero eliminable en la práctica, impulsando el desarrollo y las pruebas en altitud de cubiertas fabricadas íntegramente a base de celulosa. El ensayo llevado a Val Senales recoge directamente los frutos de este recorrido científico: las nuevas lonas adoptadas en el Alpin Arena emplean fibras obtenidas de la celulosa de la madera y producidas por el grupo austriaco Lenzing, certificadas por TÜV Austria tanto por su compostabilidad como por su biodegradabilidad en diversos entornos naturales. Mientras las pruebas en el glaciar del Alto Adige sirven para evaluar su resistencia mecánica, su durabilidad y su eficacia térmica frente a las lonas tradicionales, el uso de la celulosa apunta a reducir la dispersión de microplásticos de origen fósil en la nieve.

Del glaciar al telar: cómo nace una prenda de vestir

El hecho de que las nuevas cubiertas sean biodegradables no significa, sin embargo, que se dejen degradar en la montaña. Desde el principio el proyecto prevé la retirada íntegra de las lonas al final de su uso para incorporarlas a una cadena textil circular, donde la lona desechada se convierte en materia prima para la confección. La recogida trazada de las cubiertas retiradas del glaciar corre a cargo de SAFE, mientras que la transformación industrial corresponde al grupo lanero y algodonero de Biella Marchi & Fildi. Al conocer con exactitud el origen, la composición y el historial de uso de las lonas retiradas en altitud, la empresa piamontesa puede someterlas a un proceso de reciclaje mecánico: el geotextil se tritura y se devuelve al estado de fibra, lista para ser hilada de nuevo. En el hilo desarrollado por Marchi & Fildi para la iniciativa MINI Takes Care la proporción principal está formada precisamente por las fibras recuperadas de las lonas de los glaciares, combinadas con un porcentaje menor de Lyocell virgen, perteneciente también a la familia de las fibras celulósicas derivadas de la madera.

Que este paso del glaciar al armario funciona a escala industrial ya ha quedado demostrado con una prenda real, nacida dentro de Glacial Threads, el proyecto pionero que precedió al ensayo en Val Senales. En marzo de 2024 Lenzing presentó la Glacier Jacket, una chaqueta vaquera confeccionada uniendo la experiencia de Marchi & Fildi, de la histórica tejeduría Candiani Denim y del estudio de moda Blue of a Kind. Para elaborarla, Candiani utilizó el hilo regenerado a partir de las lonas en la trama de un singular tejido vaquero blanco, entrelazando las fibras procedentes de los glaciares con algodón ecológico y Lyocell TENCEL producido con tecnología REFIBRA. Tras aquel primer hito, el camino emprendido en Val Senales con MINI Takes Care mira ya a las próximas colecciones: están en marcha una colaboración con Napapijri para la fabricación de bolsos y nuevos desarrollos en el mundo de la moda firmados de nuevo junto a Candiani.

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